Cristian Mancilla: Lo morboso, lo informativo y lo documental


Alan Peña, un adolescente de trece años que vivía en Temuco (Chile), fue acusado de haber violado a una niña de cinco cuyos padres —junto con otras dos personas— lo secuestraron, torturaron y asesinaron en venganza por esta acusación los días 11 y 12 de diciembre de 2016.

Aparentemente, las imágenes del cuerpo sin vida de Alan fueron publicadas: así lo informa la usuaria de Twitter @even_flow__, si bien no detalla su fuente ni publicó ella misma un vínculo o fotografía. 

La misma usuaria indica que la intención de quien publicó las fotos era crear conciencia con respecto al episodio, aunque ella considera que resultaría mejor no haber publicado estas imágenes tan sensibles, sino que haber optado por otras vías para educar al respecto.

Las imágenes de personas muertas, más aún cuando muestran un cuerpo maltrecho, resultan hirientes para los cercanos del difunto. En el caso de Alan, su padre y su abuela: los únicos familiares que lo visitaban regularmente en el Servicio Nacional de Menores. Todas las imágenes fotografiadas pueden resultar, de acuerdo con el juicio de uno u otro, morbosas e «innecesarias». Y por supuesto que el morbo existe: todos lo llevamos dentro y no resulta saludable que lo inhibamos siempre y sin excepción.

Otras razones para tomar y publicar fotografías de cadáveres pueden ser informativas, de manera que haya un público que esté al tanto de lo que ocurre, o también documentales: para preservar la memoria de lo que ha ocurrido. Esta última razón en particular me hace sentir sumamente identificado, porque creo en la importancia de documentar la mayor cantidad de cosas que nos ocurren sin importar cuán irrelevante nos parezca ahora.

Recuerdo, por ejemplo, un documental en el que acudían a los archivos medievales de una parroquia en Europa del Norte para confirmar los efectos de una erupción volcánica en Islandia sobre ciudades del continente. Quienes escribieron el archivo no podían haber sabido la utilidad de este en relación con el documental que vi, pero ellos me ayudaron a entender y verificar un fenómeno interesante y actual.

Siento que, en estas latitudes, las personas sienten algo de desprecio por la documentación de las actividades, de la vida diaria y de los eventos: critican a quienes toman fotos de sus gatos y de su comida, censuran a quienes publican detalles personales de su vida en Facebook, fuñan a los que toman fotos en primer plano de sus rostros continuamente.

Creo que esta avalancha incontenible de fotografías tiene un valor: no necesariamente en lo actual, pero sí para la historia completa de la humanidad. La documentación de nuestras vidas, tal como la investigación científica, no tiene parámetros morales: su meta es la recopilación de datos y nada más. El tiempo, por lo demás, suele darles la razón a quienes escribieron y fotografiaron lo que sus contemporáneos pretendían ocultar.

Quienes viven una situación en lo presente, no tienen la capacidad de predecir todo lo que podrá hacerse en el futuro con la información a la que tienen acceso de primera mano si esta no es preservada de alguna manera.

La fotografía de un cadáver puede no ser placentera a la vista e incluso resultar hiriente para los familiares del difunto, pero su publicación puede resultar útil para que cualquier persona —más allá de quienes dirigen la investigación oficial, quienes no son los únicos capacitados en el mundo para hacer observaciones y alcanzar conclusiones desde la evidencia— proponga ideas en relación con los datos recolectados.

Aparte de lo anterior, quien documenta un fenómeno por escrito o visualmente no tiene la obligación de... ¡No tiene ninguna obligación en realidad! No está obligado a documentar, no está obligado a censurarse, no está obligado a publicar lo que recolecta, no está obligado a dar explicaciones ni está obligado tampoco a pedir permiso para nada de lo que haya hecho hasta aquí.

Yo valoro el carácter documental de los datos recolectados por cualquier medio, defiendo su naturaleza informativa y hasta justifico —no del todo, porque algo de pudor tengo— su eventual morbosidad.

Pero, en el fondo, ninguna de estas reflexiones resulta siquiera necesaria para sostener la legitimidad de lo que hace el documentalista: él puede recolectar y publicar toda la información que guste sin consultar la opinión ni solicitar la autorización de ninguna persona. ¿Acaso no es cada uno libre de hacer esto mismo si se le antoja?

La crítica, pues, contra quien publica fotografías morbosas no puede apuntar contra la facultad —inalienable— de tomar la foto, sino contra la pertinencia o la aceptabilidad de hacerlo. Y, como ya dije, la justificación resulta improcedente, así que toda esta discusión se mueve en un plano de opiniones, pero no de verdades: como los juicios sobre la forma de vestir o el corte de pelo que usa alguien.

Hay quienes disfrutan con estas conversaciones y creo que es importante hacerlos conscientes de que su discusión no está en un nivel legal ni filosófico, sino que en el nivel de la mesa del comedor mientras tomamos once. Si alguno considera que este asunto podría ir más allá del espacio doméstico o de los límites de la opinión personal, no solamente se equivoca, sino que amenaza la libertad de quien ejerce el derecho de recolectar y publicar información. Intuyo que la usuaria @even_flow__ no pretendía traspasar esta frontera, pero vale la pena hacer esta advertencia de todos modos—just in case.

Por: Cristian Mancilla — Profesor de latín y griego antiguo